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Mi reseña (eña, eña, eña) del concierto de Sir Paul McCartney en el Azteca.

Si alguien sabe cómo dar un buen show, es Sir Paul McCartney.  Para quien no lo sepa aún, Paul McCartney nació en Liverpool, Inglaterra, hace 135 años.  Aprendió a tocar la guitarra a los 3 meses de edad y formó, junto con John Lennon, George Harrison y Ringo Starr, la banda de raeggeton más famosa de todos los tiempos: el grupo Morsa (que años después sería vilmente parodiado por unos muchachitos ingleses, muy despeinados, que se hacían llamar The Beatles).

Con estos antecedentes, imaginará Ud. que el concierto que Sir Paul McCartney ofreció el pasado 8 de mayo en el Estadio Azteca de esta enorme, apestosa (más o menos dependiendo la zona donde uno ande), caótica y querendona ciudad fuera uno de los eventos más esperados del año por todos los chilangos que no sabían que hacer con esos $1,000 a $12,000 que les sobraban en su límite de la tarjeta de crédito.

3 horas de Periférico me separaban de Paul y sus melodías, pero ni la mayor de las adversidades podía reducir la euforia que me provocaba imaginarme coreando el célebre “na-na-na-na-na-na-ná, na-na-na-ná, Hey, Jude”.  Una vez en las inmediaciones del estadio, después de experimentar por primera vez las delicias de viajar en tren ligero, podía ya saborear el ambiente de expectación entre miles de fanáticos.

3.5 vueltas y media al estadio después, encontré la puerta de entrada que me correspondía y ocupé mi lugar.  A las 9:30 pm en punto apareció, junto con su banda, Mr. Paul. 

39 canciones fueron interpretadas. 39, leyó Ud. bien. Tema tras tema, el público (que ya había gastado y había viajado para llegar hasta ahí) no dejó de corear, aplaudir, chiflar, chillar, reir con el Sr. McCartney.  Paul dijo “buenas noches, chilangos” y el público estalló en júbilo, cual si hubiéramos visto a Peña Nieto perder 20 puntos en las encuestas de intención de voto.

En mi humilde opinión, el momento cumbre hubiera sido el climax de “Live and let die” (con fuegos artificiales, explosiones y llamaradas en el escenario), de no haber sido porque pude ver cómo un vendedor de cervezas atravesó la fila de butacas entera, caminando por un breve filo de concreto, cargando 38 cervezas tibias sobre su cabeza en una charola, sin derramar ni una gota.  Qué maestría, qué dominio, qué control. No dejó de gritar “chevechevechevechevechevechevecheve” ni un segundo. Ese, señoras y señores, fue el momento donde supe que habíamos sido testigos de un evento histórico.

2 encores, tras uno de los cuales Sir Paul McCartney salió corriendo con bandera de México en mano, y el final había llegado.

Qué delicia, verdad de dios, poder cantar tantas rolas que uno creció escuchando, de viva voz de un gran artista. Le pese a quien le pese, Paul McCartney es el último protagonista que sobrevive (ni me digan que también Ringo, que el año pasado lo vimos dar tristeza en el Auditorio Nacional) del mayor fenómeno en la historia musical moderna.

¿Lo volveremos a ver echando bailecito en esta ciudad en un futuro? Definitivamente. ¿Volveré a padecer el tráfico y los maltratos de Ticketmaster por estar ahí? Muy probablemente. ¿Gritaré, cantaré y dejaré que Paul me erize los pelitos de los brazos con su rola y gran vibra? Pueden apostarlo.

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Ese romance llamado pozole

Procuro no abusar del placer (o no tanto, depende dónde se consuma) de un buen pozole a lo largo del año. Es el 15 de septiembre el tradicional, el que se come en casa, el que más me ilusiona, me motiva, provoca anhelo y expectación.

Los he comido de magnitud espectacular y otros de resultados rayanos en lo aceptable, pero ninguno evoca amor como el de casa (deben ser el momento y la compañía los ingredientes diferenciadores).

Recibir el plato servido, humeante, rebosante, listo para ser aderezado, como una de esas figuras de yeso blanco que Luisa ama pintar de colores contrastantes. La dosis personalísima de colechuga (es que va con col o lechuga al gusto), orégano, limón, rábanos y salsa picante logran que dos platos no sean iguales.

Y si sabré yo acerca de dos platos, porque uno nunca es suficiente. Es pecado comer solo uno. Es una ofensa a la cocinera, que dedicó largas horas a descabezar el maíz (sí, señores, el maíz tiene cabeza y hay que retirarla para mejores resultados).

Una vez tuve que describir el pozole a un alien (no mexicano, digo) y pasé por sopa, potaje, brebaje, todoenuno, combo y pócima. Terminé por llevarlo (al alien) a comer pozole, porque no hay cómo narrarlo sin desearlo.

Terminamos con la cara colorada, el estómago completo, una sonrisa en el rostro y paz en el corazón. Así de cursi me pone la esperanza de (mínimo dos platos de) pozole septembrino.

Tengo hambre.

Pozolazo de mi vidaza

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5 cosas que mis hijos no conocerán

1) teléfonos de disco
2) palomitas hechas al fuego en una cacerola
3) cascos de Coca-Cola
4) Supervacaciones
5) Videocentro

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Tomo el café sentado en una banca del parquecito. Unos leen, otros se besan, otros comen torta de huevo y, al fondo, una seño vende fruta. ¿Quién quiere volver a la oficina?

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Olfato nostálgico

5 olores inconfundibles que evocan otro tiempo y otro lugar:

1) Olor a tlapalería
2) Olor a spray Aquanet
3) Olor a hueledenoche
4) Olor a nuez moscada
5) Olor a la casa de mi tía Paz (olía a humedad)

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denverpost:

Man is Walking 4,000 Kilometers Across Australia in Stormtrooper Costume

Stormtrooper Paul French is on a journey of over 4,000 kilometer from Perth to Sydney, walking 35-40 kilometers a day, 5 days a week, in full Stormtrooper costume until he reaches Sydney. French is walking to raise money for the Starlight Foundation – an organization that aims to brighten the lives of ill and hospitalized children in Australia.

Reblogged from The Denver Post
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Cargar paraguas inhibe la lluvia

Lavar el coche, la fomenta. Tomar jugo de naranja inmediatamente después de lavarse los dientes, propone muestra gratis del sabor del infierno. Hacer planes para la tarde, desata la tormenta de pendientes vespertinos impostergables en la oficina. Narrar en voz alta tus planes, los anula (se rumora que dios se ríe simultáneamente; sádico). Ir al cine una vez al año, expone lo peor de la cinematografía mundial en breve hora y media. No comer antes de una boda, garantiza menú incomestible durante la celebración. No probarse los pantalones antes de comprarlos, asegura tiro muy alto o largo insuficiente. No escribir cotidianamente, condena a escupir estupideces.

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Qué bonito es ver llover y no mojarse.

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Quiubo

Puro fua y nada de interés. ¿Tan aburridos estamos?

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Es la educación, estúpido.

En realidad siempre ha estado frente a nuestra nariz. No es una propuesta nueva; no es revolucionaria ni supera el borde de lo ordinario: la educación como remedio de la falta histórica de progreso de cualquier sociedad. Progreso entendido, desde luego, como mayor bienestar en un porcentaje mayor de sus integrantes.

¿Quién, con la suficiente información y un criterio maduro (producto de al menos 18 años de educación de calidad en el pensamiento crítico), elegiría tener el gobierno que tenemos hoy?

¿Quién, manteniendo la inercia educativa (más educación exige cada vez más y mejor educación), podría aceptar los medios que tenemos hoy (todos: TV, radio, prensa)?

Somos una sociedad sin educación. Consumimos lo que hay; no proponemos, elegimos de entre lo que hay. Nos motiva la recompensa inmediata, la satisfacción instantánea. Raspa y gana en contra del siembra - tiempo pasa, trabajo se invierte - cosecha.

Pobre sociedad -se escuchan voces- atrapada entre un mal gobierno y villanos sin rostro (narco, crimen, violencia, iniciativa privada voraz), desvalida. ¿Y la responsabilidad de la sociedad? ¿El responder por sus elecciones, por sus acciones, por sus omisiones?

Lamentable es que nos encontremos hoy en la situación en que estamos, pero más lamentable que no se vislumbre una salida posible (ya no digamos fácil) con los recursos que tenemos sobre la mesa.

Apostar a la educación oficial, esperando que un ente mágico (usualmente un individuo en el que posamos nuestras esperanzas cada 6 años) resuelva el dilema, me parece más que cándido, absurdo.

Ningún político realmente se comprometerá con la educación por ser una inversión que redituará hasta dentro de varias generaciones. No es un puente, un segundo piso, una plaza o una escultura que se puede develar de inmediato, a la que se puede pegar una placa con la fecha exacta y el nombre completo de quien la gestó y nos la entregó.

Ni hablemos del botín jugoso que representa la galopante ignorancia nacional para los medios y sus administradores.

Pero reflexiono y no puedo dejar de concluir que la educación es responsabilidad de todos. Es mentira que la recibimos pasivamente. Es falso que dependamos de una secretaria del sindicato de maestros para que sea lo que es. La culpa no la tiene solo el maestro, también el alumno que no está dispuesto a aprender. Cada vez que callamos, que nos comemos lo que nos ponen sobre el plato, que no votamos, que no discutimos, que preferimos prender la tele en lugar de debatir, de aprender, perdemos.

No hay alternativa que no involucre mejorar la educación de los mexicanos. Si es tan obvio, ¿por qué no está en el programa de trabajo de ningún candidato? Pero peor aún, ¿por qué, como padres, nos importa tan poco?

En fin.